
Este nostálgico texto nos acerca a aquel mundo infantil que se ha perdido en Trujillo. Una lastima –sobre todo para los chibolos de hoy- pues debido a las nuevas formas de crianza y moderna tecnologias educativas de estimulación temprana, los petisos corren el riesgo de crecer tan monses que no valdra la pena conocerlos cuando sean adultos.
Hubo una época en que Trujillo era pura aventura. Ibamos en nuestras bicicletas a Las Tetas del Diablo en la Encalada –donde mas de uno se fue de muelas-, a Huachaco por la via de evitamiento o a las Huacas del Sol y la Luna sin temor a que nos cuadren o caigamos en las garras de los buitres del amor. Eran otros tiempos y también otras bicicletas. Los mas pitucos iban en su BMX y los mas misios en los que usaban los jardineros.
Las siguientes generaciones apenas si creeran que para sus padres era divertido vivir en urbanizaciones llenas de pampones ideales para montar circuitos cleteros con caminos demarcados con ladrillos y el morrito de tierra para dar el salto. Ahora ya no quedan pampones y los que permanecen han sido amurallados. Las urbanizaciones se han poblado de edificios de cuatro o cinco pisos y parques enrejados, por lo que cada vez queda menos espacio para que los niños se revuelquen como chanchosy disfruten de su infancia.
Mi generación era poco de estar en casa. Si permanecíamos era porque veíamos Wild Bill Hickock o Rescate 8 en blanco y negro, hasta que el mundial España 82 nos trajo la televisión a colores. No teníamos setenta canales de cable; a las justas eran tres. Si queríamos algo mas espectacular nos íbamos al cine en mancha. Primero a matiné y luego, cuando cumplias trece, a vermú. Las películas a las que no ingresabas por ser menor de edad había que verlas en VHS o betamax (los vehículos ideales para descubrir el cine porno). Ni siquiera con el atari nuestros padres lograron mantenernos en casa. Mas bacan era jugar en los Pinbols del centro, en los que manadas de alumnos evadidos disfrutaban toda la mañana (luego seria el taco o el fulbito).
Mi generación era callejera, mataperrera. La única obligación era llegar antes que se ocultara el sol –es decir a la hora de la telenovela brasileña-. Eran días en que el agua se tomaba directa de San Caño o de la manguera del jardín y no nos pasaba nada. Nadie en su sano juicio habría pagado un sol por u a botellita de agua. A pesar de que nos decían de que no nos metiéramos al mar o a la piscina con la panza llena o que a la salida del colegio no recibiéramos dulces de ningún extraño –porque le ponían droga-, pocas veces hicimos caso. Consumiamos cantidades industriales de Tortis, chizitos, galletas, o nos atragantábamos con la papita rellena y el cebiche de luca, que no engordaba ni daba tifoidea. La misma botella personal pasaba de hocico en hocico. Y del supuesto pervertido agazapado a la salida imagino que andaría por otros colegios, porque por el mio jamás lo vi.
Ninguno de nosotros usaba casco, rodilleras o coderas para montar skate o patines y las costras -como gloriosos tatuajes- nos duraban semanas. Habia quienes fabricaban su propio carrito de madera con rodajes de acero que, por no tener frenos terminaba empotrado en algún poste. Nos cortábamos, nos quebrábamos los huesos, pero nunca hubo demandas o querellas judiciales. La única era la de una vecina escandalosa que tras caerle un pelotazo nos gritaba: “¡A joder a otra parte, mocosos de mierda!”. Pero no había otra parte: La pichanga- pichanga se jugaba en el asfalto. Los mas malos se rifaban al primer gol. Los arcos se formaban con piedras y el partido se interrumpía cada vez que pasaba un carro, casi siempre el del distribuidor de gas o el de gaseosa .
En los estudios si perdias un año lo repetías y punto. Ahora los ñaños se les manda al psicólogo, dizque para corregir la dislexia o dificultad de aprendizaje, cuando en nuestros días el mejor método psicológico lo aplicaba nuestro propio viejo –y gratis-, quien con una buena pateadura te corregia el problema y nadie, que yo sepa, se ha traumatizado. Cuando tus padres te castigaban por alguna cosa nos los demandabas por violencia familiar, solo ajustabas el poto y aguantabas calladito (porque sabias que lo merecías). Ya mas adultos los castigos paternos eran mas severos, como el cacheteo para despabilarte de la primera borrachera o la pateadura que te metían si terminabas en lios por alguna travesura.
A la hora de hacernos hombrecitos, mas o menos entre tercero y quinto de media, todos bien oloreaditos y perfumaditos nos íbamos al paradero del Japi Donki y nos tomabamos el colectivo hasta El Milagro. Unos, para darse valor, iban tomando licor. Otros, una vez dentro, había que empujarlos al cuarto y por lorna le chantaban aquella anécdota en que la doña pregunta “¿ya terminaste?” y el otro responde: “No, todavía” estoy en cuarto año.
De echo yo debo haber pertenecido a la ultima generación burdelera. Trujillo estaba lejos de Estados Unidos y el sida era problemas solo de gringos. Hoy, y por medidas profilácticas, estos antros han dejado de ser populares entre los jóvenes y me parece bien.
Estoy resignado a que en el futuro yo también sufriré de paranoia paternal y no dejare que mis hijos vayan siquiera al Chino de la esquina, ya no son aquellos tiempos en que un menor de edad podía caminar de noche sin el riesgo de que lo cuadren o se cruce con un pervertido. Y si bien es buena tanta tecnología para mantener a los chicos en casa, a veces pienso que mejor seria si se les dieran mas posibilidades que seguridades para que nuestros hijos puedan disfrutar de ese concepto que nosotros perdimos con estos tiempos modernos: El de la verdadera felicidad.

joel alfaro vera
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